Bajo el concreto de las grandes avenidas que hoy recorren miles de automovilistas, late un sistema circulatorio de agua que la Ciudad de México intentó silenciar hace décadas. Nombres como Río Churubusco, Río Mixcoac, Río Consulado o Río de los Remedios no son solo etiquetas geográficas para identificar vías rápidas y ejes viales; son el recuerdo de caudales vivos que alguna vez cruzaron el valle a cielo abierto. Durante la mitad del siglo XX, la modernidad mexicana dictó que el agua era un estorbo para el progreso urbano, una fuente de infecciones y un obstáculo para la expansión del automóvil, lo que llevó a la decisión técnica de entubar estos ríos y convertirlos en el drenaje profundo que hoy conocemos.
La transformación radical comenzó en los años cuarenta y cincuenta, cuando los ingenieros de la época argumentaron que los ríos estacionales, que bajaban con fuerza desde las montañas del poniente, eran peligrosos y poco higiénicos. Al encerrar el cauce de ríos como el Mixcoac en cajones de concreto y pavimentar encima, la ciudad ganó vialidades de flujo continuo que conectaron barrios antes lejanos. Sin embargo, este triunfo de la ingeniería civil ignoró una regla básica de la naturaleza: el agua tiene memoria. Al entubar los ríos, se eliminó la capacidad de infiltración del suelo y se rompió el ciclo natural de recarga de los acuíferos, convirtiendo cauces naturales en simples tubos de escape para el agua de lluvia mezclada con desechos.
El fenómeno de las inundaciones recurrentes en estas avenidas es la consecuencia directa de haber encarcelado el agua. Cuando ocurren tormentas intensas, el volumen de líquido que baja de las zonas altas excede por mucho la capacidad de diseño de los ductos subterráneos. Al estar confinado en estructuras rígidas de concreto, el agua no tiene hacia dónde expandirse lateralmente; la presión aumenta hasta que el sistema colapsa y el agua busca su salida natural, emergiendo por las alcantarillas y reclamando el asfalto que originalmente era su lecho. A esto se suma el problema de la basura urbana, que actúa como un tapón en las rejillas de captación, transformando vialidades como Circuito Interior en auténticos canales navegables en cuestión de minutos.
Además del exceso de caudal, el hundimiento diferencial de la ciudad juega un papel crítico en estas crisis hídricas. Como la capital se asienta sobre un antiguo lago y se extrae agua del subsuelo constantemente, el terreno se compacta de forma irregular. Esto provoca que las pendientes de los ríos entubados se alteren, generando «panzas» o contrapendientes donde el agua se estanca en lugar de fluir hacia el gran canal del desagüe. Así, lo que alguna vez fueron paisajes fluviales que regulaban la temperatura y daban vida al ecosistema, hoy son trampas hidráulicas subterráneas que nos recuerdan, en cada temporada de lluvias, que la geografía de la cuenca no puede ser borrada simplemente con una capa de pavimento.
